Un superhéroe para sí mismo

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Amaneció hace horas en Nueva York. Riggan Thomson, el actor venido a menos, despierta de una agria borrachera en una calle cualquiera. Birdman, el héroe de cómic convertido en blockbuster hollywoodense —una mezcla plumífera entre Batman y Iron Man— que lo catapultó a la fama en el pasado y estigmatizó su carrera, le habla como si fuera su voz interior, esa voz de la que quiere escapar: “Levántate, es un día hermoso… olvídate del Times, todos los demás lo han hecho”, le dice el superhéroe imaginario, vestido con armadura, alas y largo pico, mientras vuela a sus espaldas y continúa: “Entonces, no eres un gran actor, ¿a quién le importa eso? Eres mucho mejor que eso. Eres mejor que esos imbéciles del teatro. Eres una estrella de cine, eres de otro lote, ¿no lo entiendes?”. De pronto, Thomson, que en todo momento ha estado caminando mientras escuchaba cínicamente a su álter ego, trona los dedos y un auto estacionado estalla, aparecen soldados y helicópteros disparando y volando en pedazos, a la vez que un monstruo gigante aterroriza a las personas bramando sobre un edificio, destruyéndolo todo. Y la voz: “Dale a las personas lo que quieren: acción, disparos, emoción.
Haremos un regreso. Están esperando algo enorme. Aféitate esa barba patética. Hazte una cirugía. Los cincuenta son los nuevos treinta, hijo de puta. En forma de porno apocalíptico: ‘Birdman, el pene se alza’. Verás cómo se cagan en los pantalones. Eres más grande que la vida. Salva a la gente de sus pobres y miserables vidas”. Thomson sonríe y levita sobre el asfalto hasta alcanzar la azotea de un edificio; entonces, mientras una música idílica suena a todo volumen, se lanza en picada y vuela atravesando la ciudad, las personas, el tráfico y el tráfago de la urbe, que parece no perturbarse por aquella manifestación metafísica. Birdman está complacido: “Lo ves, aquí es donde perteneces, por encima de todos”. Finalmente, desciende a la superficie e ingresa al teatro en donde estrenará una obra ese mismo día; la música idílica cesa. Sorpresivamente, se escucha a un taxista, quien realmente es quien lo ha trasladado en todo aquel trayecto, que lo persigue para que le pague la carrera; una aclaración de la película de que lo ocurrido durante esta secuencia es una alucinación onírica del protagonista, con lo que establece una distancia argumental con la línea de realidad que propone la cinta.

Aquel es el espíritu narrativo de Birdman o La inesperada virtud de la ignorancia, escrita y dirigida por Alejandro González Iñárritu, un filme galardonado en diversos festivales internacionales y nominado al Óscar en varias categorías. El centro de la historia es justamente este actor cincuentón de personalidad caótica y emperamental, interpretado con brillantez por Michael Keaton, que busca regresar a lo más alto de la fama dirigiendo, produciendo y protagonizando una obra de teatro, adaptada por él mismo, además, del trascendental relato de Raymond Carver llamado De qué hablamos cuando hablamos de amor (un guiño a la obra del escritor nacido en Oregón, a modo de homenaje por parte del cineasta mexicano). La trama se enfoca en esta lucha de Thomson por recuperar la notoriedad y la relevancia perdidas mientras sortea problemas familiares con su hija y su exesposa, además de otros obstáculos en la empresa que se ha trazado: lograr que su obra se convierta en un éxito tanto comercial como artístico en el competitivo mercado de Broadway. Esto, además de su álter ego, que se manifiesta constantemente como una voz reprobatoria, que le exige convertirse en el actor taquillero del pasado.

El equipo de actores que acompaña a Keaton demuestra un nivel muy alto y parejo. Destaca Emma Stone, en el papel de Sam, hija de Thomson, una joven que acaba de salir de rehabilitación y busca experiencias que la alejen de la melancolía; Edward Norton como Mike Shine, un talentoso y extremadamente emocional actor que mantiene una tensa y tirante relación con Thomson, el mejor desempeño actoral de la cinta; Zach Galifianakis como Jake, un rol de carácter que no busca la risa fácil como los papeles que ha interpretado anteriormente en el cine, con lo que demuestra su escondida versatilidad; y Naomi Watts (Leslie), una actriz en ascenso que lucha por destacar en Broadway mientras mantiene una relación intensa con Shine.

Tanto Keaton como Stone, Norton, Galifianakis y Watts mantienen cautiva la atención del espectador durante todo el proceso de la trama, gracias a sus desempeños potentes cargados de emociones complejas. Birdman es, sin duda, una película sostenida por sus actores. Y ellos, a su vez, se apoyan en un guion consumado, de diálogos superlativos, como los que desarrollan Shine y Thomson al principio de la historia, o las dos escenas de Stone y Norton en el techo del teatro, en donde juegan el clásico Verdad o Reto. Vale sumar dos elementos más: la música incidental y el diseño del sonido, que intensifican el drama, y el travelling de seguimiento cámara en mano, ese movimiento técnico de cámara que persigue a los personajes durante todo el filme, cuyo escenario principal son los ambientes tras bambalinas del teatro, lo que permite al espectador sentirse parte de esta caótica y visceral puesta en escena, como un actor más, como si se tratara de un reality show.

Ha sido refrescante disfrutar de una película tan honesta como intensa, en donde la egolatría, en esta ocasión, es el motor de la grandeza.

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Tocar no es entrar

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Uno de los muchos temas tabú en el campo de la sexualidad humana es la masturbación femenina, que consiste en producirse placer a través de la manipulación de los genitales. Es una actividad reprimida y castigada históricamente, pero que sigue siendo una práctica frecuente, de la cual no se habla. ¿Por qué es un tabú? Porque la sociedad es la que impone, a través de normas tácitas relacionadas con la cultura, la religión y la educación sexual represiva, qué conductas sexuales son aceptadas y cuáles son rechazadas. A nadie se le ocurre hablar sobre el tema en una reunión social o en un grupo de mujeres porque no es socialmente correcto hacerlo.

Es una práctica altamente saludable y placentera que no tiene efectos secundarios nocivos como algunas personas creen. Al contrario, es una variante sexual que se realiza sin riesgos de contraer infecciones de transmisión sexual o un embarazo no deseado; los toques y caricias permiten descubrir e identificar las zonas erógenas del cuerpo y al saber qué es lo que a una persona le agrada puede trasmitírselo a su pareja.

Adicionalmente, facilita el desarrollo de fantasías sexuales que ayudan a salir de la rutina, a la vez que permite aprender a relajarse y a disminuir los niveles de ansiedad, preparando al cuerpo para ser receptor de caricias y sensaciones placenteras.

El disfrute de sí mismo, sin estar pendiente de la pareja, es una alternativa válida dentro del rango de la conducta sexual; sin embargo, no debe excluir otras prácticas sexuales en pareja. La masturbación femenina estimula el deseo sexual y permite también aprender a sentir y no pensar, clave de la actividad sexual en soledad o en pareja.

En la consulta diaria, un porcentaje significativamente alto (50%) de pacientes mujeres reportan no haber intentado explorarse, acariciarse, ni siquiera haber visto sus genitales con un espejo, menos aún masturbado, porque no sienten necesidad, les parece aburrido o les da vergu?enza; y las que lo hicieron, desistieron después del primer intento. Como dice el refrán: tocar no es entrar.

Desde luego no es obligatorio masturbarse pero sí es una opción, y si se tiene pareja no significa que la persona tenga carencias afectivas, problemas de relación o insatisfacción sexual. La masturbación en pareja es otra de las variantes de la respuesta sexual. Hay que recordar que toda actividad sexual en una relación de a dos es válida, siempre que sea aceptada por ambos y que no dañe a ninguno de ellos ni atente contra su salud. La variabilidad en lo que la gente hace sexualmente ayuda a combatir la rutina y el aburrimiento.

Cada uno puede masturbarse por turnos frente a su pareja mientras el otro observa o también cada uno puede masturbar al otro alternada o paralelamente. La primera opción permite aprender dónde se toca, con qué presión y velocidad para después poder masturbar adecuadamente a su pareja. Es necesario perder la vergu?enza y los falsos pudores para poder disfrutar de esta actividad sin reservas.

Para aprender a tocarse y disfrutar plenamente, se recomienda privacidad, de lubricantes y aceites esenciales; también es importante la variación a través del uso de juguetes sexuales y el automasaje con la yema de los dedos y la palma de la mano, pues facilitará la liberación de tensión sexual.

La doble moral hace ver a la masturbación femenina como una actividad censurable, egoísta, vergonzosa e incompleta; sin embargo, después de ver los beneficios que conlleva, es necesario replantear esta opción sexual, la cual puede practicarse hasta el final de la vida, sola o en pareja, y que actualmente es utilizada como técnica terapéutica cuando existen problemas de bajo deseo sexual, disfunción eréctil, vaginismo, eyaculación rápida (precoz) y otros.

La falta de información sexual adecuada y científica fomenta la creación de mitos y errores de concepto en temas de sexualidad, haciendo ver a las conductas sexuales conducentes al disfrute individual como algo culposo y vergonzoso. De allí la importancia de un cambio de actitudes hacia la masturbación femenina, y de considerarla como lo que realmente es: una práctica saludable y placentera.

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Sobre la degeneración y la inconsecuencia

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La historia cuenta que Jesús nació en un pesebre porque a la Virgen y a San José no les permitieron quedarse en ninguna posada digna de pasar la noche y esperar, si llegara el caso —que llegó— de que naciera el pequeñín. A pesar de las circunstancias nada pudo vencer a las agallas de una familia que debía recibir a toda costa a un nuevo integrante. Y en un pequeño pueblo provinciano, en medio de la noche y entre los animales sin seguro social ni derechos humanos (Vallejo, mediante), Dios aprendió a ser hombre.

Lo interesante de tal acontecimiento es que, en medio de un pueblo piadoso y observante, que esperaba la redención tal y como había sido predicha “desde antiguo”, el Dueño de la banda les armara toda la peliculina tal y como fue anunciada y, justo cuando todo el universo confabuló a favor de que se cumpliera la más ansiada gestión libertaria de la historia del mundo conocido hasta entonces, a la gente se le vienen los escrúpulos y las interpretaciones auténticas y dejan a la intemperie a una bonita familia a la que la historia llamaría “sagrada” en honor a la mezquindad de reparar el daño poniendo el parche cuando el desastre ya está bien consumado.

Tan solo 2014 años después, con miles de giros y distorsiones dialécticas incluidas en la maraña del tiempo que lo cura todo, la new age humanístico-provida de nuestra siempre acogedora iglesia nos deleita con un sutil remake de la historia de nuestra familia favorita… una vez más (y seguro que cientos de veces más en lo que viene del cuentazo de la nueva alianza) una mujer embarazada es condenada a vagar por tenebrosos caminos, prácticamente sola ante la adversidad, con el compromiso, por parte de los fariseos de turno, de pedir por ella mientras agitan pañuelitos blancos de despedida/despido y le echan el pato a la providencia por sus cobardes medidas de contingencia ante la crisis en Grecia y dicen en coro de ángeles “Dios sabe por qué hace las cosas”, “todo es para bien”. Sí, cuñao.

Hablando claro, una mujer de buen corazón, con virtudes de sobra y defectos considerables aunque completamente reparables, que se parte el lomo para cooperar en la labor evangelizadora de una institución que se precia de su responsabilidad por el hombre, tiene la dicha de salir embarazada en medio de un ambiente que publica a los cuatro vientos su amor por la vida y es puesta de patitas en la calle en la peor época del año para volantear currículums armada de una panza encantadoramente oblonga y sin posibilidad alguna de conseguir un trabajo en una sociedad de mierda como la nuestra en la que “venir con yapa” es un problema para la productividad antes que un augurio positivo de mucho pan bajo el brazo.

Pero como aún queda mucho pan por rebanar, quisiera ensayar un análisis de esta denuncia moral sobre la inconsecuencia institucional en el par de parrafitos que me quedan antes de que mi editor me moche por haberme pasado las 800 y pico palabras de rigor: 1) en un mundo en el que abortar es la solución que muchas personas escogen para no arruinar sus vidas por reducción de productividad, es supremamente estúpido que una institución de la Iglesia más activista de Occidente, deje a merced de las inclemencias sociales a una mujer que eligió tener a su bebé —porque sí, con todo y todo, no hoy sino desde siempre, ser madre es una elección— a pesar de los inconvenientes que nuestra saludable sociedad posmoderna nos hace el favor de volantear entre la juventud, y 2) en una sociedad necesitada de testimonios vivos de esperanza y amor, que Francisco se despoje de toda su parafernalia y bese personas enfermas, cargue niños y bendiga a los pecadores “para quienes vino, efectivamente el Señor”, mientras cuatro pelagatos pseudodefensores de los derechos humanos (y para colmo en francés) vienen a desahuciar socialmente a una como tantas otras personas en medio de la crisis de santos más escalofriante que viene sobreviviendo la Iglesia desde la aparición de la televisión (¡je!), es una de esas santas ironías que mi pequeña mente de filósofo jamás conseguirá procesar.

Entre la nueva ideología del clientelaje monacal que me hace pensar en la simonía más perversa en la que el cliente siempre tiene la razón y el antitestimonio que, en este particular, invita a pensar que la solución del aborto no es tan mala idea si tener un hijo va a recibir tremendo premio.

El mundo se deleita con el eco de una capilla desde cuyo fondo emerge una macabra sombra que justifica la miseria humana en la voluntad de Dios que seguramente quiere que uno se pase una vida de mierda para ganarse su pasaporte al cielo. No, gracias, yo soy mejor pecador consecuente que santurrón hipócrita.

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Silencios del faquir

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Karl Kraus, el gran polemista austríaco de principios del siglo pasado, publicó durante treinta y tantos años una revista que escribía él solo. Die Fackel —La antorcha— se rió, siempre incisiva, siempre amarga, de lo humano y lo divino y lo vienés; por eso su voz sonó tan elocuente cuando dijo que “sobre Hitler no se me ocurre nada”. A mí sobre esta foto se me ocurren muchas cosas, pero no sé nada.

Fue hace años. Aquel día yo viajaba por el sur de Ceylán, que ya había empezado a llamarse Sri Lanka. Ceylán perdió muchísimo cuando cambió su nombre evocador de tes y muselinas por esa etiqueta de incienso para baños. Pero sus paisajes seguían siendo bellísimos —selvas fieras, cascadas cantarinas, colinas de ese verde tozudo de las plantas de té— y la historia que estaba trabajando era espantosa. Ya faltaba poco para llegar a Kandy, en el centro de la isla, cuando vimos, al costado de la ruta, una aglomeración. Le pedí a Suresh, el chofer rasta, que parara un momento y, sin bajarme de la camioneta, disparé.

Creo —todavía creo— que no entendí del todo lo que estaba viendo, lo que fotografiaba. De hecho, hice una foto sola y no le di importancia. No había, en esos tiempos, cámaras digitales: los fotógrafos eran seres ciegos que solo veían —lo que podían— en el momento de encuadrar y enfocar; enseguida volvían a quedarse sin mirada. La idea de hacer la foto y verla es rabiosamente actual; yo recién pude ver esta días más tarde, ya en Bangkok. Fue entonces cuando empezó mi extraña relación con ella.

Que dura todavía: desde entonces la he mirado tantas veces, y la sigo mirando. Me suelo detener en esas caras serias, calmas, desapegadas, que me fijan como si esperaran de mí algo; en esas caras jóvenes pegadas, que cuentan y no cuentan un cuento de amor raro; en esas caras parecidas tan distintas, una ligeramente desdeñosa, expectante la otra; en esos ganchos —sobre todo esos ganchos— que estiran la piel del muchacho colgado hasta lo inverosímil —colgado hasta lo inverosímil— y lo convierten en un pescado muy rabioso. Otras veces me pierdo en los detalles: los billetes colgando del cuello del colgado, las cintas que adornan esos ganchos, la marca japonesa o coreana del camión en el fondo, la mano que se agarra de esa cuerda roja como si se agarrara.

Y también, infaltables, los reproches. Porque cada una de esas veces pienso en lo que habría querido —habría debido, pienso— preguntarles y no les pregunté. Entonces, a veces, me entretengo inventándole historias al colgado: pienso, por ejemplo, que se hizo faquir porque venía de una larga familia de faquires e imagino la desazón de su abuelo que caminaba sobre llamas al ver a su nieto tan aculturado que pende de una grúa, y las peleas con su madre que habría querido que estudiara para técnico dental y cómo su rebeldía consistió en mantener la tradición y lo que le dice su hermana cuando le cura amorosa las heridas mientras piensa que va a tener que casarse con un pusilánime que nunca se destruirá como un hombre cabal y él, relajado, desatento, sueña que esas manos que lo calman son las de su amigo.

O pienso que el muchacho sabe que es el dueño de un saber furiosamente raro, que tan pocos en el mundo pueden hacer lo que él sí puede y que tendría que conseguir que el mundo lo entienda y reconozca y se imagina, por ejemplo, en un teatro de Bombay o, en sus noches más locas, dirigiendo un reality show en la televisión inglesa con una panda de blanquitos lechosos que se matan por hacer una vez en la vida una pizca de lo que él hace cada mañana antes del desayuno.

O pienso que el muchacho llora alguna tarde preguntándose por qué no puede ser como los otros, banal como los otros, feliz como los otros, un campesino cosechando su arroz cuando las lluvias pasan y decide que sí, que puede, que lo va a hacer aunque sabe que miente. O pienso en que la piel de esa espalda se desgarra y cae, sangra y cae, estalla y cae, la tradición se rompe y la extrañeza y el muchacho. Y así: otros días se me ocurren otras y otras; sobre esta foto no sé nada, pero pocas me han mostrado tanto.

Entonces, en general, si me descuido, pienso también en los caprichos de la fotografía (o la memoria). En la paradoja, sobre todo, de que un momento tan menor, tan fugaz, se me haya vuelto permanente. Mientras tantas situaciones que alguna vez me parecieron decisivas se fueron sin que me quede, de ellas, ni un recuerdo.

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Regresar al paraíso perdido

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Llueve con energía en Nueva York durante la noche en que Finn (Ethan Hawke) decide por fin ir en busca de Estella (Gwyneth Paltrow). En esmoquin y sin paraguas, atraviesa las calles y los barrios corriendo cada vez más rápido —mientras la cámara lo sigue en un traveling memorable— hasta un restaurante, en donde Estella y su novio (rol interpretado por Hank Azaria) cenan sin anticipar que Finn está por llegar.

Ambos se conocieron cuando eran niños, durante la primera visita de Finn a la casa de la abuela de Estella, una adinerada mujer de alta sociedad que —decía la gente— se había vuelto loca porque su prometido la abandonó en el altar, algunos años atrás. Era una mansión enorme y parecía que la profusa vegetación del sur de La Florida había tomado posesión de los salones de altos techos y arquitectura palaciega. Finalizada aquella visita, luego de que Finn pintara el retrato de la niña a pedido de la abuela, Estella interrumpió el camino hacia la puerta de salida para beber agua de una fuente:

–¿Quieres un poco?
Finn duda, nervioso.
– No está envenenada –insiste ella.

Finn bebe, y de inmediato ella finge beber junto con él solo para besarlo. Sorprendido y asustado, se toca la boca, como si hubiera pasado algo malo, mientras ella se aleja subiendo por las escaleras. Pero durante aquella noche lluviosa de Nueva York no duda más. Abre la puerta del lujoso restaurante y se acerca a la mesa, empapado.

– ¿Quieres bailar? Y coge de la mano a Estella para bailar durante unos instantes, luego atraviesan el restaurante hacia la calle, sin decirle nada a nadie, y se besan mientras revienta Kissing the rain, una de las canciones del apreciable soundtrack.

Estas escenas corresponden a la cinta Grandes esperanzas, estrenada en 1998. Como los más cinéfilos deben de saber, esta no es la única vez que la novela homónima de Charles Dickens, un clásico de la literatura universal, ha sido llevada a la pantalla grande. Sin embargo, esta versión dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón es, sin duda, la más lograda.

Filmada en las zonas porteñas más deslumbrantes de La Florida y en los barrios más elegantes de Nueva York, Grandes esperanzas nos conduce por la historia de amor entre Finn y Estella, a través de un guion que toma marcadas licencias con respecto de la novela; atribuciones inteligentes que favorecen la dinámica de una historia escrita en el siglo XIX.

Se trata de un argumento contado linealmente, con el dato escondido como arma de destrucción masiva, ya que el uso de esta técnica narrativa (encarnada en el personaje interpretado por Robert De Niro) permite resolver el conflicto final.

Más allá del guion, se suman a las cualidades de la cinta la fotografía y la música. En el primer caso, la reiterada presencia del verde es la estrategia de Emmanuel Lubezki, director de fotografía (compinche de Cuarón en otras aventuras cinematográficas), para crear una plástica que transmita naturalidad e ilusión (recordemos que el verde es el color de la esperanza). Y en el segundo, nos encontramos ante una de las mejores bandas sonoras de aquella década, que contó con la colaboración de artistas como Tori Amos, Chris Cornel, Pulp y L’Orchestra Numerique, entre otros. Impecable y delicado trabajo de los directores musicales, Patrick Doyle y Ron Wasserman.

Y tampoco podemos dejar de mencionar los dibujos del talentoso Finn, los cuales ensaya en momentos de creación retratados durante la trama. Son trazos hechos en crayola con un estilo naif y una sutil intención surrealista, que transmiten la inocencia y la mirada pura con la que el personaje contempla su entorno. Vale la pena detenerse un momento en los retratos de Estella y Joe (el tío de Finn, interpretado por Chris Cooper), además de las pinturas de peces, aves y ballenas.

En esta edición de SoHo dedicada a las expresiones artísticas, nos hemos tomado la licencia de recordar esta película, ya que busca entender los tantos conflictos y tormentos devenidos del amor, como también la genuina inspiración de los artistas de hierro. Vea esta película para entender también que Grandes esperanzas es, más allá de todo, una entrañable síntesis de la historia del mundo.

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Rápidos y furiosos

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Si algo excita a los hombres tanto como el sexo, son los autos. Una buena máquina a toda velocidad puede resultar tan apasionante como un orgasmo prohibido. Entonces, caballeros, permítanme hacer una analogía entre el sexo y los automóviles para que conozcan más de la ruta sexual femenina.

Los pilotos profesionales aseguran que cuando pisan el acelerador a fondo sienten placer. Sus sentidos se exacerban y la adrenalina se les dispara tan rápido como el velocímetro del auto. Empiezan con un arranque discreto pero en cuestión de segundos pueden aumentar la velocidad de 40km/h a 120, luego a 180 y en menos de tres minutos alcanzan los 240 km/h. Si el conductor, cuando el motor está al máximo de su potencia, hace una mala maniobra, pierde el control y se estrella.

Sucede igual en el sexo. La testosterona se dispara con la misma celeridad que el velocímetro, la erección empieza tímida pero aumenta vertiginosamente con la excitación, llega al máximo y en segundos usted puede haberse convertido en un eyaculador precoz.

Un conductor experimentado sabe que antes de montarse en un auto debe tener el mínimo de información sobre el motor, luego debe darle una exhaustiva revisión al chasis. Ya dentro, con la palanca en neutro, lo que sigue es pisar el embrague a fondo y arrancar para que funcione adecuadamente.

Un amante precoz hace todo lo contrario, preso de la ansiedad por llegar a la meta, apenas se monta desengancha rápido, no termina de pisar adecuadamente y antes de encenderse se apaga por falta de seguridad.

Si algo decepciona a una mujer en la cama es un amante rápido, fulminante e inoportuno. Un hombre que finiquite el drama amatorio antes que la dama es la pesadilla de toda calentura femenina (y esto no es machismo sino justicia). Entonces entendamos que el sexo no es una carrera por llegar al clímax sino un proceso que involucra la mente, los sentidos y nuestra genitalidad, exactamente en ese orden.

Aunque este sea un tema tabú, uno de cada tres hombres sufre por la precocidad de su expulsión y todos en algún momento de sus vidas han sido prematuros. El timing sexual es la unidad de medida para calificar la potencia masculina, la habilidad y el desempeño amatorio. Sin embargo, no debería causar mayor aflicción pues, como en el automovilismo, para mejorar el desempeño hay que tener un abultado kilometraje
acumulado en la hoja de vida.

El sexo rápido es eficiente y satisfactorio si es predeterminado como tal. Un polvo fugaz y contundente en un ascensor o en el baño de un bar puede ser tan bueno —o mejor— que una larguísima sesión romántica. Lo importante es que el sexo —aun siendo rápido— no los deje insatisfechos y furiosos por su falta de eficacia.

Un piloto experimentado primero debe calentar el motor —manualmente— antes de encenderlo, pisar a fondo el embrague y empezar la marcha. No exceda la marcha y mantenga su ritmo en el 69 (la velocidad ideal del sexo), tome su tiempo para escuchar a la máquina y reconozca las revoluciones del motor. Así —si la ocasión lo amerita— pueda ir de retro sin forzar la marcha. La próxima vez que sienta que va tan rápido y se le pueden vaciar los frenos recuerde que hay que saber hacer los cambios oportunamente antes de perder el control. Ayrton Senna decía: “…mi pecado es la velocidad”.

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¿Quién tiene el poder en la cama?

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El otro día me encontraba viendo televisión y el personaje de la serie dijo una frase que me dejó pensando: “Todo en el mundo gira alrededor del sexo, menos el sexo en sí mismo. El sexo se trata de poder”. Es cierto, yo no sé si todo en el mundo se trate de sexo, pero sí mucho o, por lo menos, lo que más nos llama la atención. No importa la edad que tengas, el sexo es algo que te jala y, claro, nos lleva a buenas conversaciones.

Pero centrémonos en el poder, el momento en donde estamos cortejando o estamos siendo cortejados: ¿quién domina?, ¿quién hace qué? Desde chica, escuché esta frase: “El hombre propone, pero la mujer dispone”. Hoy creo que esto ha cambiado. Las mujeres también pueden mandar ese primer mensaje o simplemente pararse en la barra de un bar y saludar a quien le parezca atractivo. ¡Bien por nosotras, las mujeres!

Actualmente, en lo que a relaciones se refiere, podemos encontrar equidad en los roles. Hombres y mujeres trabajamos, somos independientes y tenemos la misma capacidad de opinión y elección. Para ponerla fácil, en una cita los dos somos muy capaces de pagar la cuenta o invitar una copa. Yendo aún más allá: ¿quién tiene el mando en la cama? ¿Debería existir alguien que domine, necesariamente?

El poder se siente de dos formas distintas. A nosotras nos gusta un hombre con capacidad de tomar decisiones, que nos deje ser pero que piense en nosotras en la cama. Nosotras nos sentimos poderosas sabiendo que somos deseadas, bien tratadas, protegidas y que el hombre se encuentre preocupado por el placer mutuo. En la cama, el poder es compartido y la clave es la comunicación.

No hay nada que a uno lo llene más, en el sentido del poder, que ver a la persona que se desea sentir placer a costa nuestra. Chicos, el poder está en manos de la pareja, de los dos, y tenemos que aprender a compartirlo.

¿Cómo se comparte? Es importante leer los gestos y el cuerpo del otro. Eso nos dará mucha información. Cada persona tiene gustos distintos. Si bien nuestras zonas erógenas pueden estar ya mapeadas, no somos un atlas. A cada uno le gustan cosas diversas. Tanto mujeres como hombres deben poder probar juntos, y utilicen las manos, los labios, la lengua, sean creativos. En la variación está el éxito.

A los hombres, por naturaleza, les toma un período más corto llegar a la excitación, mientras que a las mujeres nos toma unos minutos más. Presten atención a ese detalle. Tómense el tiempo necesario, no hay apuro, no es una carrera. Por otro lado, a las mujeres les ayuda mucho el ritmo. Somos similares pero distintos. Aprecien los distintos cuerpos y déjense llevar. Con esto, recorran con tiempo y esmero el cuerpo del otro. No se detengan y denle el poder a su pareja. No será fácil entregar el poder para algunos pero se los recomiendo. Que la fiesta empiece en la cama.

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¿Quién dijo que nos teníamos que casar?

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A LOS DOCE ME IMAGINABA DE BLANCO, todo de blanco; las flores, blancas; los manteles, blancos, el toldo , blanco y, en la playa… no podía ser de otra manera. Porque de niña te imaginas todo como un cuento de hadas o lo que te proyecta Disney.

Lo importante en la vida era tener un título universitario, un novio —que sea guapo— y muchos hijos, esa era la idea de vida. Nada de eso es mi ideal de ahora. Ok, lo aceptaré, por lo menos un poquito guapo. Los hombres de esa edad y en adelante (y creo que no me equivoco) no hablaban de sentimientos sino más bien del último partido de fútbol y pensaban, únicamente, en la pichanga y en el álbum del mundial. Cabe mencionar que siempre andaban entre hombres. No se les cruzaba la idea de siquiera tener enamorada.

La problemática actual en cuanto al matrimonio aparece muchas veces por las expectativas que los hombres y mujeres podemos tener. Muchas parejas contraen matrimonio por distintos motivos y no necesariamente cada uno piensa igual o acepta las cosas del día a día. No todos somos iguales. Actualmente, según las estadísticas en el Perú, los divorcios entre los 45 y 49 años son los más comunes, y entre el 2000 y 2010 la cantidad de estos se ha incrementado en un 50%. Bastante, la verdad. ¿Qué está pasando? Todos los distintos planes de vida entre mujeres y hombres eventualmente se terminan cruzando. Entiendo que no es un tema que se hable con frecuencia, pero llega un momento en la vida donde eventualmente lo quieren.

Los hombres se centran en su carrera, en ser exitosos y en buscar una mujer que llene sus expectativas. Es decir, quieren lo que conlleva el matrimonio, pero debido a que quieren a la mujer cómplice que los acompañe en la aventura de vida. No es la importancia del ritual y el tener la casa, los hijos, sino ELLA. Escucho a muchos hombres que no se sienten a gusto una vez casados, ya que durante la convivencia perciben que para la mujer muchas más cosas son importantes: los hijos, su trabajo, la mamá, el gimnasio, las amigas y, al final, el marido. No quiero decir que los hombres no sientan que los hijos, la casa y todo lo demás no sea importante, pero la mujer es lo central.

Lo que quieren es sencillo: necesitan sentir esa conexión e intimidad con su esposa como también sentirse admirados por ellas, respetados y retribuidos. Sentir que la pareja es lo primero en la pirámide. En el caso de las mujeres, se tienden a descuidar en este aspecto o en muchos casos nunca fue tan importante. Pero el vivir en casas separadas o viajar por periodos largos no nos dicen cómo van las cuentas a lo largo del tiempo. No es un indicador. No hay pasta de dientes abiertas, noches de gripe y tos, wáteres sin jalar, ropa tirada por la casa, platos sucios, sexo mañanero, niños, entre otros. Allí se vislumbra la crisis de los 40 cuando eres joven todavía como para cuestionarte si esta relación es la que quieres para el resto de tu vida o si tienes deseos de comenzar de nuevo.

Las expectativas que suelen tener las parejas antes de casarse varían dependiendo de si han convivido o no. Las parejas que conviven entran formando un compromiso entre ellos gradualmente con lo cual compartirán el día a día y llevarán su relación a otro nivel. Si realizan el ritual de casarse lo harán conscientes, sabiendo si la relación se proyecta a funcionar. Saben los pormenores de cada uno.
Al matrimonio lo llamo ritual porque no cambiará casi nada entre ellos, más que un compromiso público y la continuación de algo que ya se solidificó. Importante decir que para tener una relación saludable cada uno debe mantener su identidad y guardar respeto. Cuando dos se casan sin haber convivido, se esperan cambios
en la relación. Algunos importantes para los hombres pueden ser mayor frecuencia en las relaciones sexuales, la intimidad como pareja, apoyo o realización de las cosas del hogar, el compartir día a día.
Esta rutina a veces no cambia. Veo mucha problemática ya que los hombres no sienten mayormente el cambio de la dinámica sexual ni una mayor intimidad. La frecuencia sexual masculina tiende a ser mayor que la femenina, por lo que, para las mujeres, los abrazos y las caricias de sus esposos son atribuidos a únicamente la finalidad sexual causando una barrera entre ellos. Los hombres se sienten rechazados o no deseados y las mujeres perseguidas. Cada una de estas cosas pueden ser prevenidas o solucionadas de una manera más simple. El poder comunicarle a tu pareja las cosas que piensas, quieres y sientes. No importa si eres hombre o mujer. Cada uno puede estar pensando en planetas distintos y nunca llegaremos a lo mismo si no lo comunicamos. Las relaciones son de constantes pruebas. Cuando te compras un carro, por lo general lo manejas unas cuadras antes de adquirirlo. Lo pruebas. Hace 40 años era mal visto convivir con tu pareja. Cada generación cambia un poco las reglas. De esta manera, se puede probar si tanto el hombre como la mujer se sienten cómodos con la decisión de pasar el resto de la vida con una persona y no se llevan una sorpresa. Es acaso real o imaginario.

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Que la venganza sea contigo

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La película nos transmite, en pocos segundos, que el tipo goza de éxito en el ámbito profesional: elegante terno azul oscuro, camisa blanca, gafas de sol; además de su porte altivo que frisa con la pedantería. Blindado por su auto, un Audi A4 del año, atraviesa la carretera que conecta Cafayate y Salta, en el norte argentino. Los espléndidos Valles Calchaquíes, más allá de las lunas polarizadas, pasan rápidamente mientras aprieta el acelerador con energía y la máquina ruge; la velocidad de la soberbia. De pronto, en el zigzagueante camino aparece un vehículo viejo y destartalado que, sin motivo aparente, le cierra el paso.

Lo que sucede después en El más fuerte, una de las seis historias que componen la cinta Relatos salvajes, sintetiza brillantemente uno de los conflictos argentinos más arraigados: el histórico encuentro —más bien, desencuentro— entre Buenos Aires (próspera, moderna y prepotente) y las provincias (localidades del interior, campestres y agrícolas, que miran de lejos el crecimiento de la capital), cuyo desenlace es una burla maligna, a modo de metáfora, que puede dar luces sobre la incomprensible actualidad económica y social de aquel país inmenso y apasionante.

Las cinco historias restantes son igual de salvajes.

En Pasternak, la primera, Damián Szifron, escritor y director del filme, demuestra sus destrezas narrativas en una trama potente que representa el proselitismo más rabioso de la venganza. Un vértigo delicioso revienta en escena, a la vez que un humor negro invita a que nos burlemos desaforadamente de la desgracia ajena. Y nos deja queriendo más.

Luego, en Las ratas, surge lo mejor de la fotografía en un relato nocturno, bajo la lluvia. Aquí resalta la actuación de la experimentada Rita Cortese en un papel de harta carga social, que encarna la voz de quienes sufren las injusticias del mundo y las decantan durante toda una vida, hasta que esa frustración explota. Y el personaje antagónico unifica el tridente siniestro formado por la política, el poder y la corrupción.

Pero el papel más complejo de la obra es el interpretado por Ricardo Darín en Bombita. Se trata de un hombre común, de clase media, que padece por las incongruencias de las leyes y la inflexibilidad de la burocracia. Un relato infestado de mensaje social que sintoniza con la cotidianeidad de los países latinoamericanos (y más allá, es muy probable), y por el cual se eligió este eslogan para promocionar la película: “Todos podemos perder el control”.

La corrupción, la mentira y la extorsión están presentes también en La propuesta. Mauricio, interpretado por Óscar Martínez, debe proteger a su familia, y para ello tendrá que atravesar los límites de la moralidad; algo que realiza sin el menor remordimiento. Un cuento cinematográfico que satiriza la clamorosa podredumbre del sistema estatal y judicial, y expone cómo muchos no tienen límites cuando el dinero es lo que está en juego.

Y la cinta de Szifron culmina, cómo no, con una historia de amor (una real historia de amor, mejor dicho), que detona en la cara de los espectadores a través de una carga de ira, llanto y dolor. La tensión en Hasta que la muerte nos separe se mantiene durante toda la trama gracias a la impecable e inquietante actuación de Érica Rivas, quien, en el día de su boda, se convierte en la peor pesadilla de su esposo, personaje interpretado por Diego Gentile.

Como el mejor libro de cuentos, estas historias se engarzan de forma magistral, siendo la venganza el gran hilo conductor. La tesis del filme —ese subtexto que debe tener toda buena narración— demuestra que la locura está soterradamente presente en la naturaleza humana, solo hay que presionar el botón de la desesperación para activarla, y desde allí ya no hay vuelta atrás. La venganza, en Relatos salvajes, se hace coherente, se comprende y se perdona. Incluso, hasta se aplaude.

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Mis deseos sexuales

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Nuestros deseos son tan únicos como nuestra huella digital. Nada más sexy que los apetitos sexuales genuinos y reconocidos

Las mayors preocupaciones con la llegada del Año Nuevo suelen recaer en el trabajo, la salud, el bienestar familiar, el amor y el dinero. Tener mejores orgasmos y perfeccionar nuestras artes amatorias deberían ser unas de nuestras prioridades para que este 2015 sea un año erótico por excelencia. Les propongo una lista de deseos para abrirles el apetito sexual.

Pensar en sexo debe ser un ejercicio recurrente en nuestra psiquis, pues si no deseas algo no lo tendrás. Piensa, imagina, fantasea y permuta por todas las posibilidades de sexo ideal que anhelas. La mente y los deseos son poderosos aliados del sexo.

Monica Cabrejos y un diálogo penetrante

Hallar el Punto G. Hombres y mujeres estamos obligados a conocer esta ruta del placer femenino. Nosotras para autogarantizarnos la eficacia orgásmica, y los varones para estimularnos certeramente durante el amor.

Acceder al Punto P. es el equivalente del Punto G pero en los varones. Ubicado en la próstata, posee un conjunto de áreas sensibles, las cuales al ser debida y delicadamente estimuladas causan gran excitación, orgasmos más intensos y eyaculaciones potentes. Esta ignorada zona varonil tiene acceso restringido, ya que la única vía de ingreso es la zona anal. Muchos varones creen erróneamente que es una práctica que pone en duda su virilidad.

La autocomplacencia y toda práctica onanista –en solitario o en grupo– debes considerarlas parte fundamental de la sexualidad; la masturbación vista como un acto liberador de emociones. Una práctica divertida y relajada como parte de tu rutina sexual que no reemplaza al coito, sino provoca tu autoplacer.

Rapidos y furiosos por Monica Cabrejos

Cumplir una fantasía sexual, aquella que ha humedecido tus sábanas durante tanto tiempo. Dormir con alguien a quien deseas, hacer un trío o un cuarteto; participar de un intercambio de parejas, ir a una fiesta swinger, practicar el sadismo o entrar a un cuarto oscuro. Cruza tus límites carnales, disfruta de tu propio morbo y no olvides llevar protección.

Nunca más fingir solo por complacer al otro (a). No hay nada más frustrante –sexualmente hablando– que tener que fingir en la cama. Las mujeres pueden fingir deseo, excitación u orgasmos; los hombres solo orgasmos. Y aunque ambos fingen por las mismas razones, lo ideal es ser honestos en buscar nuestro deleite pleno.

Perder el falso pudor, aquel que nos inhibe y avergüenza de la propia desnudez, de los deseos sexuales y de nuestras emociones. Nos ata a los límites impuestos por la sociedad sobre lo “correcto e incorrecto” en el sexo. Nuestros deseos son tan únicos como nuestra huella digital. Nada más sexy que los apetitos sexuales genuinos y reconocidos.

El propósito multiorgásmico: hombres y mujeres podemos ser multiorgásmicos. Se creía que era un don femenino; sin embargo, los practicantes del sexo tántrico han comprobado que el varón puede aprender –a través del conocimiento de su tiempo sexual– a separar el fenómeno eyaculatorio del orgasmo; por lo tanto, tener varios orgasmos antes de la eyaculación. Esto dependerá de su autocontrol y de la buena química sexual con la pareja. Ser multiorgásmicos solo obedece al conocimiento necesario de las capacidades sexuales.

Anhelo que el amor sensual deleite sus sentidos y los colme de satisfacción. Deseo que la pasión, el placer y el orgasmo sean parte de su vida cotidiana durante este nuevo año.

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